Algo estaba sucediendo aunque apenas se notara, al menos, al principio. Era, como muchos otros terrores, algo que llegaba poco a poco y se iba colando por las rendijas de debajo de las puertas o por los pequeños agujeros que quedan cuando quitas un cuadro de la pared. Como si fuera una mínima fuga de agua casi imperceptible, pero que gota a gota acaba por inundarlo todo.

Pero dejémonos de vaguedades y seamos más concretos: un día, mientras Rebeca desayunaba cereales frente al televisor notó que el telediario, esa mañana, sonaba diferente. Los presentadores eran los mismos, sus voces, igual de impostadas, con ese tonillo a periodista tan familiar como cansino, y las noticias igualmente desagradables y deprimentes; sin embargo… sin embargo algo no le terminaba de cuadrar.

Rebeca no solía llevarse bien con la realidad a pesar de lo cual insistía una y otra vez en ver las noticias de la tele, por mucho que no las comprendiera, como si fuera un trozo de mundo que no lograba encajar con su pequeño mundo.

Tal vez fuera, pensó Rebeca, que algunas de las noticias que se estaba desayunando esa mañana sonaban aún más a sinsentido, más a disparate que de costumbre y tal  vez, precisamente por eso, creyó que las entendía mejor. No sabía por qué era, si las palabras parecían las mismas de siempre, así que cuando se terminó los cereales apagó la tele y pensó que todo se debía a que había dormido poco.

Lo que le acababa de suceder a Rebeca fue reproduciéndose poco a poco en todos los hogares, en todas las oficinas, en todos los medios de comunicación, en todas las fruterías, en todos los colegios. Algo estaba funcionando de modo diferente y los ciudadanos, por tanto, comenzaban a mostrar comportamientos fuera de la norma.

Ante tal desconcierto, los gobernantes se llevaron las manos a la cabeza por no haberse dado cuenta antes de aquel desastre que no podían identificar ni medir. También los profesores se flagelaban, aunque los alumnos parecían más contentos que de costumbre, como si les hubieran aliviado de una enorme carga.

Fue un gremio bastante desconocido quien dio la voz de alarma: los puntos y las comas estaban desapareciendo. Y eso hacía que las frases sonaran de otra manera, que cambiaran, en consecuencia, su sentido y fueran interpretadas de forma novedosa, hasta creativa en algunos casos. ¿Cómo había sucedido? No se sabía. ¿Quién lo estaba haciendo? Todo el mundo lo ignoraba.

Fueron los correctores de UniCo quienes primero se dieron cuenta, antes que los académicos, antes que los profesores de Lengua y Literatura, antes que los escritores y demás oficios de letras.

Nadie les hizo caso, la verdad. Que si exageraban, que si eran muy puntillosos, que si siempre estaban igual con el boli rojo acusador en la mano y algunos hasta corrigiendo a sus amigos y familiares los mensajes de wasap.

Los políticos trataron de calmar las aguas y restar importancia a aquello, que, en el fondo, tampoco consideraban tan importante, a la vista de que ellos siempre decían lo que les daba la gana y como les daba la gana, sin estar pendientes de los puntos y las comas, y la gente los seguía votando.

En cambio, muchos escritores se sintieron aliviados, ya ningún corrector dañaría su ego (siempre estaban con la misma cansina cantinela) y más de uno para cubrir su ignorancia sacó a relucir a autores como Beckett, Apollinaire, Saramago o Joyce, que el algunas de sus obras habían prescindido de los signos de puntuación, para defenderse con obras maestras de su pésima ortografía.

Como ya se ha dicho, la gente, en su casa, empezó a interpretar la realidad de otra manera. Rebeca estaba encantada: al desaparecer los puntos y las comas de los rótulos de la tele, los titulares de la prensa, los reportajes, las novelas, los temarios de los libros de texto, las sentencias y las leyes, una nueva realidad se asomaba.

Algunos tertulianos decían que por fin se habían roto las cadenas que oprimían a la lengua y se volvía, en lo escrito, a la naturalidad de lo oral, que era lo que realmente marcaba las pausas.

Los correctores, más aferrados que nunca al bolígrafo rojo, apenas podían respirar. Estaban espantados, asustados, coléricos incluso y no se cansaban de ir por los pueblos y las ciudades repitiendo que las pausas orales no tenían nada que ver con las pausas gramaticales. Nadie les hacía mucho caso.

Como cada uno interpretaba a su manera cada escrito (a esas alturas ya completamente ausentes de puntos y comas), se desató la anarquía. Los jueces abandonaron el país y hasta el presidente del Gobierno hizo las maletas y huyó despavorido. Los niños saltaban y los profesores se miraban, incrédulos y desesperados unos y aliviados otros.

Se formó, claro está, un comité de expertos integrado por policías, académicos, investigadores, algún escritor… Nadie llamó a los correctores que, silenciados como casi siempre, tomaron la iniciativa. Tras una asamblea de UniCo, armaron un plan y, sigilosos en medio de la noche, fueron recorriendo cada línea, cada párrafo, cada página, cada novela, cada receta, cada noticia, cada sentencia, cada manual, cada diálogo y fueron tirando del hilo hasta dar con todos los puntos y todas las comas. Estaban en un enorme almacén, frío y desangelado del polígono Cobo Calleja situado en Fuenlabrada.

Imagen generada por IA

Cuando los socios de UniCo rompieron las cadenas y abrieron por fin las puertas oxidadas observaron un panorama asolador y asombroso. Había puntos y comas tirados por el suelo, sedientos, ojerosos, abatidos. Por el contrario, algunos puntos y algunas comas se habían resistido a la decadencia y al secuestro e, imbuidos por una fuerza desconocida para los correctores, se habían juntado y mezclado para seguir disfrutando la vida.

Como resultado de aquellos encuentros ortosexuales, se produjo un hecho inesperado: una especie que estaba a punto de extinguirse renació con verdadera fuerza. Hablamos del punto y coma.

Pero también había sucedido que algunos puntos se habían juntado entre sí, sobre todo la categoría del punto y seguido (siempre se ha sabido que el punto y aparte y el punto final son más suyos), dando lugar a multitud de puntos suspensivos. En medio de aquel guirigay a estos les daba igual la norma y, como si quisieran chulearse de ella, se podían ver puntos suspensivos formados por hasta cinco o seis puntos consecutivos.

También las comas habían hecho sus propias orgías ortosexuales, que en los momentos más salvajes las habían llevado a ponerse patas arriba, enloquecidas y poseídas por el placer, hasta formar un nuevo tipo de comillas.

Los correctores estaban patidifusos y no daban crédito a aquel espectáculo, sugerente y descorazonador a partes iguales.

Los socios de UniCo dieron de comer y de beber a todas aquellas criaturas, tanto a las comas y los puntos que se habían mantenido firmes pero abatidos, a los punto y coma, a los extravagantes puntos suspensivos y las extrañas comillas. Los correctores eran puntillosos pero compasivos.

Cuando las criaturas se fueron recuperando, los correctores recordaron a las comas y a los puntos cuál era su verdadera función, aquella que desempeñaban, mal que bien, antes de ser retenidos. Con paciencia y tirando de pedagogía fueron repasando las normas y les pusieron ejemplos y todo. Cuando creyeron que el orden se había reinstaurado (aunque no lo lograron del todo porque había uniones que ya eran irrompibles, sobre todo las de los fraudulentos puntos suspensivos), decidieron abrir las puertas del enorme almacén desvencijado del Cobo Calleja para que los puntos y las comas retornaran a los lugares que les correspondían.

Y entonces… entonces se produjo lo inesperado: todos aquellos signos de puntuación, enloquecidos al respirar de nuevo el aire puro del desierto polígono aquel domingo por la mañana y sentirse en libertad, huyeron despavoridos corriendo como locos y poniéndose donde les daba la gana. Apenas se oían ya las lejanas voces de los correctores.

Fue así como las noticias y algunos libros, normas y sentencias que nunca habían tenido mucho sentido ahora lo tenían aún menos y, paradójicamente, por primera vez se entendían mucho mejor. Rebeca, mientras desayunaba los cereales, lo entendía también todo mucho mejor y le parecía que aquella nueva realidad casaba mejor con su pequeña realidad, hasta el punto de que dejó de escuchar las noticias y había empezado a tricotar.

Y esta… esta es la historia de cómo un mundo nuevo y loco nació.

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